samedi 9 avril 2011

Ciencias médicas y ciencias sociales: interdisciplinariedad e interculturalidad en torno a la salud

Conferencia sobre Salud e Interculturalidad

Facultad de Medicina
Organizado por la revista PUEBLOS 
Miércoles 27 de noviembre de 2002
Por: Jacqueline Michaux
Resumen. En 1978, la OMS recomendaba a las instituciones de salud incentivar el dialogo entre biomedicina occidental y especialistas originarios. Sin embargo, constatamos que en 25 años casi nada se hizo en cuanto a análisis, reflexión, estrategias y programas destinados a favorecer la interculturalidad en el sistema boliviano de salud, mientras los malentendidos y las brechas entre miembros de culturas distintasno dejaron de ampliarse. Más allá del contexto sociohistórico discriminatorio que caracteriza el ejercicio de la salud pública en Bolivia y dificulta las relaciones entre médicos mestizos-criollos y población originaria, existen dos razones más epistemológicas a este desencuentro: la dificultad de la medicina en aceptar el pluralismo médico por qué su paradigma científico tenía pretensiones hegemónicas frente a los demás saberes; los efectos iatrogénicos del desarrollo y progresos de las ciencias médicas: la extrema deshumanización de la salud y la fragmentación del sujeto humano. Estas dificultades se plasman tanto en la actitud de la medicina frente a los saberes locales considerados como creencias, supersticiones, costumbres, etc. y a la vez en las relaciones de evitamiento frente a las disciplinas sociales.  Este artículo muestra  la necesidad de replantear el dialogo entre ciencias médicas, ciencias sociales y sociedad, no solamente por razones humanas que surgen de las demandas sociales (trato humano, derechos de las mujeres, derechos culturales, etc.) sino también por los avances científicos que muestran los beneficios de  una visión holística de la enfermedad y de los enfermos sobre la salud misma.

 “(...) Algunos administradores de la salud han recomendado asociar los curanderos tradicionales a los servicios de atención primaria pues conocen el contexto socio-cultural de la población, son muy respetados y han adquirido una experiencia considerable”.
Este comentario no proviene de una declaración reciente de un funcionario del Seguro Básico Indígena, sino de un antiguo director de la OMS quien recordaba uno de los fundamentos de la Declaración de Alma Ata de 1978: la valoración “de las medicinas tradicionales y las modalidades de colaboración entre universo médico y curanderos”. En Bolivia, recién 25 años después de Alma Ata estamos empezando a prestar atención a las medicinas tradicionales, a los especialistas originarios, yatiris, usuyiris, qulliris entre otros, y sin más pensamos que ser interculturales es integrarlos al sistema de salud nacional.
En esta oportunidad, quisiera reflexionar sobre los difíciles caminos de la interculturalidad en la salud, difíciles porqué a pesar de ya existir bastante estudios y propuestas elaboradas por especialistas de la problemática social, quienes no son los médicos sino los antropólogos y sociólogos y, más aun, los propios sujetos sociales quienes somos las/los usuarias/os de los servicios de salud, se avanzó muy poco en el entendimiento de la problemática intercultural[1]. Muchos de las que trabajamos en este campo  o que vivimos en carne propia las consecuencias de esta discriminación disciplinaria y cultural, nos seguimos preguntando porqué tal rechazo de parte de los profesionales y autoridades médicas por establecer un dialogo. Es sorprendente que a la hora de propuestas educativas transdisciplinarias en muchas partes del mundo, incluido en países sudamericanos (en Cuba, por ejemplo), no hemos logrado siquiera añadir un curso semestral de ciencias sociales en el plan de estudios de medicina ; es sorprendente que a la hora de los derechos originarios y del reconocimiento de la pluriculturalidad en Bolivia,  la mayoría de los médicos siguen comportándose como extirpadores de idolatrías frente a los especialistas originarios. ¿Cómo explicar esta resistencia y estas barreras de parte del cuerpo médico por (re)conocer la diversidad, el pluralismo, y los límites de sus propias competencias? Este trabajo intenta aportar algunas pistas de reflexión a esta interrogante.

El enredo intercultural en Bolivia

En ausencia de espacio de investigación sobre lo intercultural, son las experiencias locales que sirven de referencia a la toma de decisiones en el campo intercultural. De manera general, la interculturalidad fue asimilada a la colaboración entre biomedicina y medicinas tradicionales, tal como lo sugirió la OMS. Para algunos, esta colaboración se entendió como la valoración de las medicinas naturales, en particular de la herbolaria y de los usos medicinales de las plantas (Jaíme Zalles, por ejemplo); para otros, es ante todo la relación entre médicos y especialistas originarios, los yatiris en particular, que debía mejorar, para fomentar así un espíritu de colaboración y amistad, por cierto necesario, pero tal vez no suficiente (G. Fernández); algunos pensaron también que integrando a los especialistas tradicionales (no tanto los yatiris, sino las parteras o usuyiris) en el centro de salud se podía realizar el dialogo intercultural tan esperado, más aun a veces empeoraron las relaciones (experiencia en el Hospital San Gabriel, por ejmplo). Sin embargo, ninguna de estas estrategias fue satisfactoria pues no se logró un verdadero acercamiento entre comunidades y centros de salud, entre enfermas/os y personal de salud. Más aun, algunas veces, los resultados fueron paradójicos. En Ecuador, por ejemplo, el centro Hambi Huasi, en Imbabura, dirigido por una médica otavala,  integró varios curanderos entre su personal de salud pensando así revalorizar los saberes tradicionales, y aumentar la confianza de las comunidades hacia el centro de salud. Sin embargo, el resultado fue otro, pues es la población mestiza urbana quien venía los fines de semana a consultar a los curanderos, mientras las población originaria local consideraba que los jampiris tenían que atender en la comunidad y no así en un centro tradicionalmente biomédico (M.Conejo, 2002). En nuestro país, hemos visto que la integración de las parteras al sistema de salud, en los años 80, tenía como objetivo utilizar a las parteras para detectar los casos de embarazos y referirlos al centro de salud, y no así para incentivar la práctica de la partería en Bolivia.
Existen sin duda muchas confusiones, malentendidos y engaños en torno a la construcción de un enfoque intercultural en salud. La misma demora de la colaboración entre medicinas tradicionales y biomédicas - ¡25 años![2]- traduce sin duda una resistencia muy marcada del sistema de salud en reconocer y reflexionar sobre las aproximaciones tradicionales de las enfermedades y de la salud. Es decir que las modalidades de la interculturalidad encontradas hasta hoy resultaron insuficientes. Mencionaremos tres de las principales modalidades interculturales: la negación, el malentendido recíproco (quidproquo) y la negociación unilateral. La negación total es sencilla, pues consiste a promover a la biomedicina occidental como única alternativa explicativa y curativa para todos y todas. Los malentendidos recíprocos (quidproquos), por falta de (re)conocimiento mutuo, corresponden a la imposibilidad de los médicos – por su formación profesional y sus conflictos identidarios- por entender las prácticas originarias desde una visión o conciencia afectiva y subjetiva y no desde su enfoque objetivo, biológico. En este sentido, los yatiris también atribuyen a ciertas técnicas o instrumentos médicos una eficacia afectiva que les corresponde en la lógica biomédica. Las negociaciones unilaterales consisten en aceptar ciertos aspectos de la cultura ajena en función de criterios propios, y no así por las ventajas objetivas que representarían estos aspectos (por ej. ir al hospital para dar a luz, pero únicamente porque la biomedicina enfrenta mejor las retenciones placentarias que las parteras y no así por una aceptación de la aproximación biomédica del parto. B. Bradley,      ).
Leyes nacionales, leyes naturales y leyes afectivas: algunos quidproquos sanitarios
Quisiera ilustrar la confusión reinante en el debate sobre lo intercultural por un ejemplo del que ya he hablado, y que me parece de actualidad por las discusiones que implicó la preparación de un  Seguro Básico de Salud Indígena.
En primer lugar, no estoy segura que el Seguro Básico de Salud Indígena o cualquier legislación a favor de las medicinas tradicionales tenga el mismo significado para las autoridades de salud y para los propios interesados. Es cierto que mucho yatiris, más un los que viven en las ciudades, buscan un reconocimiento oficial y legal de su arte. Quieren salir de la clandestinidad y que sus saberes iluminan a todos/as como un faro (Murillo). Esperan ser reconocidos de todos porque su mensaje no conoce fronteras, ni étnicas ni raciales. Los consejos y orientaciones (hasta profecías) de los yatiris  son mensajes de humanidad para los que conducen el país o el mundo hacia su destrucción. Me acuerdo de un amigo yatiri quien esperaba que el presidente de la república de la época lea su libro para así tener un mejor manejo del país.
En este afán, los yatiris emprenden el largo camino del reconocimiento legal: sellos de goma, papel membretado, trámite de personaría jurídica, oficios, credenciales, reglamentos y estatutos... Mediante la adopción de este sin fin de símbolos del poder criollo, los yatiris en las ciudades intentan obtener un verdadero estatus legal.
Pero, ¿será que la interculturalidad tendrá un acta de nacimiento con sello seco, antes de nacer? Los yatiris pelean su reconocimiento legal pues piensan que aceptando los imperativos de la legislación escrita boliviana, serán también reconocidos los términos de su propia ley. Pero nadie, en los ministerios, en los bufetes de abogados, o en los mismos centros de salud, está dispuesto a reconocer la verdadera ley del yatiri frente a las leyes de la naturaleza, a las leyes biológicas en las que se fundamenta la biomedicina occidental. La atribución de un reconocimiento legal de la medicina tradicional por parte del Estado, contrariamente a los que esperan algunos yatiris, no procede de un deseo de reconocer la validez de sus saberes, conocimientos o prácticas, sino de una voluntad de controlar, supervisar y hasta fiscalizar (mediante acreditación entre otros) a los yatiris y otros especialistas religiosos. Es aquí donde empieza el primer malentendido intercultural, el primer quidproquo.
El malentendido sigue luego en el terreno médico. Son las leyes biológicas que guían las prácticas médicas. Es decir que la biomedicina occidental se propone analizar los síntomas corporales para luego detectar y diagnosticar las causas biológicas que los han ocasionado (agentes externos, malformación congénita, etc.), para finalmente combatir las causas del mal mediante recursos químicos o eventualmente quirúrgicos. Los médicos tratan el cuerpo de la manera la más objetiva que pueden, utilizando si los tienen a su disposición, instrumentos y técnicas de análisis que le garantizarán un margen de error mínimo, sea en el diagnóstico, sea en el tratamiento.
El problema viene cuando los médicos intentan entender las prácticas de los yatiris pues lo  hacen con los recursos cognoscitivos que son suyos, los únicos que se les ha enseñado, es decir a partir de la racionalidad objetivizante. Pero atribuir a la eficacia afectiva de los yatiris una realidad similar a la eficacia biomédica occidental es llegar a fetichizar el arte originario de curar, a buscar en el objeto ritual la razón biológica  o física de su eficacia. Me acuerdo de un médico ansioso por analizar las pociones elaboradas para curar el kharikhari en Achacachi.
No. La intervención del yatiri es otra. Ni siquiera mira el cuerpo de sus pacientes pues lo biológico y lo objetivo, no es problema suyo. Más aun, el yatiri niega las leyes naturales biológicas, porque se ubica más allá de la naturaleza, en un espacio sobre- o mejor dicho transnatural (J.Michel). El yatiri se interesa a la vida espiritual de sus consultantes. A esta vida que no se mide, sino se siente, que no se ve, sino se representa.
El yatiri recibe a  personas cuyas dolencias serán expresadas en términos de pérdida (de ajayu, por ejemplo), o de susto. Personas que no logran tener una vida normal, pues algo o alguien les ha perturbado. Además, el yatiri es consultado no solamente por un problema de salud personal, sino ante todo relacional.  El yatiri intenta descubrir el desorden social que ha provocado tal debilidad o hasta tal crisis psíquica: una pariente envidiosa, una vecino celoso, una familia enemiga... Mediante la lectura de la coca, escuchará o mejor dicho leerá este sentido social de la dolencia.
Para suprimir las condiciones del mal (y no el mal mismo como lo hace el médico) el yatiri sugiere restablecer las relaciones a nivel cosmológico, ubicándose él mismo entre los humanos y la donadora de vida, la Naturaleza, donadora por excelencia de agua, de calor, de alimentos, etc. El yatiri ofrece a la Naturaleza lo que los consultantes le dan, sin antes reconstruir cuidadosamente  un mundo reordenado, con todos los ingredientes rituales traídos para la preparación de la waxt’a o don ritual.
Ciertos ingredientes son símbolos explícitos (la nuez por ejemplo representa la chuyma del consultante; el feto de llama, la llama viva a ser sacrificada, etc.) mientras otros intervienen como significantes del orden social: como los ayllus ordenados en dos mitades, el doliente siguiendo al yatiri, ordenará el espacio ritual en dos mitades (visuales, olfativas, táctiles, auditivas, etc.). para luego, como la marka que reúne a todos, unir todos los componentes rituales en una sola misa o ofrenda. En otras palabras, el yatiri enseña a su paciente como manejar de nuevo la sintaxis social, guiándolo en el uso de los recursos sensitivos y simbólicos manipulados en la misa.
La waxt’a será luego quemada. La llama como el humo que emana de las brazas será una palabra silenciosa dirigida a los hombres y mujeres presentes. Esta palabra es el alimento de los humanos, un alimento espiritual que les insta restablecer en lo real relaciones de reciprocidad perturbadas, con sus parientes, sus vecinos, sus colegas de trabajo. “La Pachamama está degustando la ofrenda”, dice don Mario, un yatiri con el que trabajé, al mirar consumirse la misa en el fuego y desvanecerse en humo hacia el cielo, “ahora, nosotros también compartiremos la comida...”.
Así, él recuerda a todos que el don alimentará a su vez la vida de los humanos. La ofrenda ritual es el alimento de los dioses como el don de comida es el primer alimento de los humanos. No es casual que muchos rituales concluyen con un apthapi compartido con todos.

Ciencias duras y ciencias blandas... una oposición contestada

Muchas razones explican las dificultades de las autoridades de salud por crear las condiciones a un verdadero dialogo.

Existen sin duda muchas respuestas para explicar esta demora. En nuestra historia larga, vemos que los 500 años de discriminación racial y cultural  han impedido a los gobiernos bolivianos monoculturales reconocer la existencia de la diversidad cultural y más aun civilizacional en Bolivia. Es decir que no se logró superar o controlar los prejuicios raciales y culturales hacia la población originario del país. Históricamente, la clase dominante criolla buscó pruebas de su supuesta superioridad en las ciencias: la población india y mestiza era considerada científicamente inferior e incapaz de concebir el progreso del país por el peso inferior de su cerebro[3].
Hoy, la negación de la pluralidad de saberes y del dialogo entre culturas utiliza también el argumento de la superioridad científica de la biomedicina occidental, en relación a las llamadas creencias y supersticiones originarias. Y esta supremacía se extiende al mismo campo científico, en el que la calidad llamada “dura” de las ciencias médicas –en oposición a nosotros, los “blandos” de las disciplinas sociales- explica en parte la lentitud de la colaboración interdisciplinaria. La biomedicina occidental se basa en el supuesto de objetividad, y en este sentido puede ser considerada como siendo una ciencia dura, es decir “una práctica neutral y objetiva, capaz –y la única capaz- de liberar a los hombres de sus prejuicios, de sus deseos, de sus ilusiones, capaz de sellar un acuerdo entre los hombres encima de las pugnas políticas y culturales porque permiten acceder a una realidad independiente de estas pugnas” (I. Stengers, 1997).
Me acuerdo, a manera de anécdota, que hace unos años atrás luego de una exposición que di sobre la interculturalidad en pueblos indígenas (OPS), el responsable del Seguro Básico Indígena me miró y dijo: “Pero, la interculturalidad es mucho más fácil de lo que dice la antropóloga. Hay que permitir a las mamás dar a luz en la posición que quieren, y dar su placenta a la mamá después del parto”. Hoy, cuando leo en la prensa “LAS PUGNAS POSTERGAN EL SEGURO INDÍGENA” (La Razón, 10/1/2002), me pregunto cuán fácil habrá sido tratar lo intercultural para este funcionario de salud[4].
Es así que esta cuestión de la interculturalidad en salud pone a descubierto un malestar y brechas no solamente culturales sino también disciplinarias.
No cuestionamos aquí la objetividad como ideal de la biomedicina y de las ciencias en general, y más aun como condición de muchos de los éxitos y descubrimientos científicos, sino la dominación total de este paradigma frente a otros. Si bien la biomedicina cura disfunciones orgánicas y demostró ya su eficacia en cantidad de patologías, el enfermo no puede ser limitado a un órgano pues obviamente es también espíritu, mente, afectividad, en otras palabras, es un sujeto. El mismo médico, por más objetiva que sea su práctica, no deja de ser inscrito en una sociedad, en uno o varios grupos sociales (medical, familiar, social, religioso, etc.) con sus reglas, normas, tabús, lenguaje, etc. Si no fuera así, el mismo Juramento Hipocrático no tendría razón de ser. En su práctica profesional, el médico tiene que obviar sus convicciones, sus sentimientos o su propia identidad, para tratar sin prejuicios a sus pacientes: no aceptaríamos por ejemplo que un médico judío rechace curar a un enfermo musulmán, por tomar une ejemplo un poco caricatural. En este sentido, vemos que las ciencias médicas necesitan de la imparcialidad, de la neutralidad, de la objetividad, como condición misma de su propio desarrollo (la tecnología médica) y como requisito a su práctica clínica.
Pero este ideal de objetividad ha dado lugar a una total deshumanización de la medicina, porque ha sido mal entendido y “absolutizado” en las disciplinas médicas. Ser un médico objetivo a la hora del diagnóstico o del tratamiento, no significa olvidar que las pacientes son personas con sentimientos, emociones y dolor. La objetividad es minimizar la parcialidad del profesional, los juicios de valor, los prejuicios, etc. frente a una situación dada. Por lo tanto, ser objetivo es reconocer las dimensiones múltiples del sujeto doliente que el médico tiene a su frente, es en realidad negar la propia subjetividad médica que se interesa únicamente a la dimensión orgánica de un trastorno. En otras palabras, al negar lo afectivo, lo emocional, el dolor, la angustia, o sencillamente la totalidad del sujeto que atiende, el médico niega una verdad objetiva e universal: el ser humano es cuerpo, mente y emoción.  Eso no significa que el médico deba volverse un especialista de la afectividad, sino que deba tomar en cuenta estas otras dimensiones de la enfermedad y de la enferma, y si no es capaz de enfrentarlas sólo, remitir a su paciente a otros profesionales, incluso a un yatiri.
¿Cómo entonces permitir a las ciencias médicas conectarse a lo social, si por definición podríamos decir, lo científico debe ubicarse encima de los sujetos? ¿Cómo construir una interculturalidad basada en el reconocimiento de las diferencias, y relativizar así la pretensión universal de la ciencia biomédica? ¿Cómo pedir a un médico que relativice su saber para escuchar lo que el otro intenta decirle, viéndose a sí mismo como sujeto sensible y pensante, frente y parte de los demás sujetos sociales? Estos son, a mi parecer, los grandes temas de la interculturalidad.
Entendemos entonces que la interculturalidad está levantando una serie de problemas que requieren de una revisión de las ciencias médicas en dos aspectos: 1) la rehabilitación del médico y del paciente como seres humanos, es decir la necesidad de humanizar la atención de salud a partir de una relación interpersonal y de servicios de salud  más humanos, sin afectar los espacios de objetividad que son necesarios a la propia práctica médica (al fin y al cabo, que sería de un médico que lloraría sobre la suerte de su paciente en plena cirugía)  ; 2) lograr al fin relativizar el propio conocimiento y el método, para entablar un verdadero dialogo interdisciplinario e intercultural.
El primer paso hacia una renovación del pensamiento y de la práctica médica me parece hoy surgir desde la propia sociedad occidental que generó la ciencia y la objetividad. Cada vez más, se cuestiona la extrema especialización médica que terminó por parcializar el cuerpo humano de tal manera que ya no tiene una visión articulada y global de lo que está ocurriendo a su paciente. Hoy, por un lado, existe una real demanda social de mayor calidad y calidez humana de parte del personal médico, pero a la vez de una rehabilitación del sujeto humano. Es lo que sin duda proporciona hoy las nuevas terapias, llámese emotivas, holística, alternativa, Era Nueva, energética,  humanistas, inspiradas de tradiciones, europeas o ante todo asiáticas. Ojo: muchos de estas terapias están propuestas por médicos académicos, quienes se vieron en la necesidad de rehabilitar lo que sus estudios de medicina habían negado: la dimensión humana de su profesión y de los enfermos. Además, cada vez más, enfermos/as se organizan para ellos mismos construir esta dimensión humana que la biomedicina les niega, y entender ellos mismos dimensiones de su enfermedad no evocadas por los médicos.
Por otro lado, varios trabajos científicos muestran hoy cómo las múltiples facetas del sujeto humano (fisiológicas, mentales y afectivas, individuales y sociales) están conectadas e interactúan las unas con las otras, cómo por ejemplo una emoción influye sobre el cuerpo, o como un dolor físico puede afectar el estado de ánimo. Así el sólo temor al médico puede disminuir la producción de occitocina en una mujer embarazada y frenar la producción de las contracciones si está en trabajo de parto. Hoy, es un imperativo no solamente humano sino también científico rehabilitar la dimensión holística  de la enfermedad y de la persona.
Esta reflexión sobre la objetividad en las ciencias no se limita a las ciencias biomédicas sino se extiende al campo científico en su conjunto. En Bolivia, Denise Arnold menciona los avances existentes en la misma antropología desde el ámbito anglosajón  citando por ejemplo a autores como Roy Rappaport (1989), y los constructores de la antropología postmoderna (Tedlock, Cliffort y Marcus 1986, Geertz 1987). Pero más aun, Arnold analiza las propias transformaciones que se generó en su práctica antropológica, implicándose como sujeto partícipe de la investigación, y estableciendo con los demás sujetos aymaras relaciones horizontales y no así entre investigador-observador e informantes claves.
Por mi parte, quisiera mencionar los trabajos en el ámbito más francófono de Bruno Latour (antropólogo de las ciencias), Isabelle Stengers (filosófa de las ciencias) y Tobbie Nathan (etnopsicanalista), entre otros, quienes proponen una ruptura epistemológica y por ende una acercamiento entre universos tradicionalmente opuestos: la ciencia y la creencia.
[la etnopsiquiatría] afirma dos cosas: que nuestros propios saberes terapéuticos occidentales proceden como los demás, de una cultura, que, lejos de  poder ser opuesta a las exigencias de un saber objetivo, da sentido a nuestros criterios de objetividad ; y que el desafío al cual responde una práctica que ambiciona la creación de un lazo pertinente con hombres y mujeres procedentes de otras culturas, es primero de renunciar a todo lo que, dentro de nuestros saberes, reivindica el poder de definir lo humano “en general”. (I.Stengers, 1994).
De alguna manera, se diluye hoy la pretensión universalista de la ciencia occidental, frente a saberes locales. En otras palabras, todos/as hacemos etnociencia.

Interculturalidad: una simple apuesta política

Pero en realidad, ni siquiera los decididores de la salud se interesan a la cientificidad de su disciplina. En realidad, no les importa mucho las ciencias. Prueba de ello, en Bolivia, los múltiples encuentros y seminarios sobre interculturalidad cuyo objetivo es en general la sensibilización del personal médico a las dimensiones culturales de la salud. Pero, ¿tan insensibles serán los médicos, que necesitan 25 años de sensibilización  a la problemática cultural? En realidad, muchos de estos encuentros son pretextos para promover (y alabar) políticas y medidas oficiales.
El último encuentro de este tipo al que participé, y me atrevo a mencionarlo, fue el Seminario Internacional sobre  Interculturalidad y Salud organizado por Willaqkuna y el Ministerio de Salud, en Potosí el año pasado, para la clausura de un postgrado sobre la temática de la interculturalidad en salud. En lo que yo pensaba ser un espacio de debate de cierto nivel de reflexión y análisis, se prohibió explícitamente a las participantes toda discusión de fondo, conceptual o metodológica sobre lo intercultural, argumentando que el objetivo del postgrado era la formación de proyectos de adecuación cultural de los servicios, y no así la formación de antropólogos. Pero, ¿por qué entonces haber reclutado antropólogos para guiar las investigaciones de las postulantes?,  ¿por qué haber creado un curso de postgrado, si no es para formar críticamente los postulantes a los métodos y teorías de las ciencias sociales?, en otras palabras, ¿por qué utilizar el pretexto de lo académico para hacer política[5]? Curiosa actitud para profesionales supuestamente objetivos, neutrales y racionales.
Hoy, la política oficial de interculturalidad consiste en una relación de fuerzas entre representantes del ministerio y algunos representantes políticos originarios: un viceministerio contra la aceptación del  Seguro...  A la base de las negociaciones, existen ideas claras y propuestas de lo que es y será la interculturalidad en el país. ¿En base a qué definición consensuada de la salud se va fundamentar la interculturalidad, o será que vamos a seguir enredándonos en concepciones y representaciones opuestas?, ¿qué es lo intercultural para el cuerpo médico y cómo las comunidades han construido su propia visión de lo intercultural?, ¿en qué consisten las competencias de la biomedicina, y las competencias de los especialistas originarios, y cómo construir puentes -o por lo menos pasarelas- entre ambos sistemas?, pero más aun ¿qué consecuencias tendrá la incorporación dentro del sistema médico de los yatiris, ch’amakanis, y otros especialistas para los propios interesados? Todas estas preguntas quedan sin respuestas hoy, porqué ni siquiera han sido planteadas. Los políticos de la salud hoy no tienen la (in)formación adecuada para enfrentar problemas interculturales. Prueba de ello, el rechazo final del Seguro Básico por parte de los negociadores originarios luego de meses de trabajo y esfuerzos de parte de los médicos encargados del tema. Es importante hoy que los políticos de la salud, en su mayoría médicos (hasta clínicos), tomen conciencia de sus propios límites disciplinarios por tratar de temas de salud pública en los que un enfoque pluri- e interdisciplinario verdadero es imprescindible, en los que una verdadera participación plural e amplia es necesaria.







[1] Esta ponencia se basa en varios años de investigación y reflexión sobre la temática de la interculturalidad y de la salud, esencialmente en el departamento de La Paz, durante los cuales trabaje tanto con el personal de salud como con personas, familias y grupos aymara hablantes en distintas comunidades del departamento de La Paz, sobre las dificultades e incomprensiones que puntúan permanentemente las relaciones interculturales en el campo de la salud.
[2] En 25 años, encontramos una sola resolución (Nº0231) aprobada el 13 de marzo 1987 por el Ministerio de Previsión Social y Salud Pública, cuyo contenido es por lo más ambiguo, pues utiliza el término de “medicina natural tradicional” para definir a procesos naturales y “mágicos”. Esta resolución prevé que todo curandero deberá trabajar bajo la supervisión de un médico. La pregunta es entonces: ¿Cómo un médico podría supervisar, evaluar o controlar la realización de las actividades rituales de los yatiris?. De hecho, nunca se aplicó dicha resolución.
[3] Sobre el tema, cf. Danièle Demelas, Darwinismo a la criolla.
[4] Prueba de ello el reciente rechazo total de la propuesta oficial del seguro indígena por parte de los interlocutores originarios.
[5] En efecto, algún financiamiento para la aplicación de las propuestas de adecuación cultural estaba en juego, y no así verdaderamente la construcción de una  interculturalidad duradera.

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